miércoles, 10 de diciembre de 2008

BINTA Y LA GRAN IDEA, "Un Acercamiento Paradigmatico a la Razón de Sentir"


Binta desde el espejo de sus pensamientos, nos acerca a esa invisible línea que separa lo concreto, lo pragmático de los significados lógicos que la percepción nos permite captar en una realidad plástica e inestable, pero ciertamente universal.

El conocimiento vertido en los diálogos, de esta comunidad africana, destraban el razonamiento como elemento de verdades rígidas y establecen un nuevo espacio del pensar, encaminando a que no existe ese principio de racionalidad pura como herramienta interpretativa de lo que vemos, sentimos y/o asimilamos como real; si no está dado por la inconsistencia y la libertad como elementos que se conjugan en forma diferente cuando la información se devela frente a nuestros ojos como algo que es posible tomar del extremo opuesto de donde se presenta.

Sin duda que el tiempo medido desde un reloj análogo, la exactitud será presentada por la posición de sus manecillas en una línea recta, con que establece el punto medible de la postura del sol en relación a la rotación de la tierra, y ese ejercicio teórico, es reducido a un simple timbre que se libera a las 12:00 horas, que en resumen, es solo una simbolización de modernidad, de desarrollo, de crecimiento a los ojos del padre de Bita, pero que no concretizan en la realidad que el debe tomar con sus propias manos. No podemos desconocer que de ese pequeño pero concreto sonido, este hombre desplego desde sus andamiaje reflexivo una lógica hacia a la inclusión de la exclusión, posicionando su realidad sobre otras mejor desarrolladas.

La comparación es otro elemento que se manifiesta como necesidad de verdad, la pregunta que salta es ¿Qué realidad puedo sostener como posible de afirmar, si la mía es tan concreta como la que se manifiesta mejor? En resumen puede ser la pregunta que ese padre aterriza, en el momento en que su propia razón lo empuja a sentir la necesidad del cambio. Es aquí donde lo paradigmático de un fenómeno sufre la inconsistencia o al menos una parte como afirma Feyerabend .

Para finalizar, quiero citar a Eduardo Galeano, en su libro “Bocas del Tiempo” en el cuento Huellas… “Las huellas humanas más antiguas han dejado la marca de una duda. Algunos añitos han pasado. La duda sigue” Y serán estas las que permitan día a día que las ideas de Bita sean las grandes verdades que debamos relatar como contenidos replicables para las reflexiones científicas venideras medibles, observables, cuantificables e hipnotizadas las veces que sea necesario.

jueves, 4 de diciembre de 2008


ENTRE TIEMPO Y RELATO

La historia de los hombres, ha sido relatada, trasmitida, descrita, depositada en la correa transportadora del tiempo, como una matriz manufacturada por el lenguaje, curtida por la conjugación de simbologías desprendidas desde las laringes de quienes han tendido la misión o han querido liderar dicha aventura de contar lo que otros han hecho. El placer de la derrota, es una escenografía verbal que no puede estar ausente, como así mismo impregnar ese único relato con la sensibilidad más diáfana de sentimientos comulgados al alero de un sonido compuesto por dos silabas, dejándola morfosintácticamente en una palabra abierta (amor).

Esta amalgama fonética de símbolos lingüísticos es en resumen, la suma de actos en donde el poder, la transgresión, la marca (como sello de pertenencia), la sonorización de la fuerza, la avaricia de motines para llenar alforjas de sueños gloriosos y enriquecido, se perpetuán cada vez que se mecaniza el ensamblaje de contar algo que en algún momento sucedió por las fuerzas de su propia esencia de existir. Sin desconocer lo relativo que puede haber, dentro del proceso subjetivista de un relato, sin duda, que es el contexto en el cual se enraíza la parsimonia del vocablo, es decir, la palabra se convierte en una contorsionista, que toma más de una forma en un mismo momento, dando entender ni lo uno ni lo otro de lo que “verdaderamente” trata de explicar.

Ahora bien esta plasticidad se balancea como una guillotina china, entre el bien y el mal, entre lo sagrado y profano, entre lo bondadoso y lo perversos, entre la riqueza y la miseria, entre el abuso y la sumisión, entre el blanco y lo oscuro. Abro estos párrafos anteriores, con el objeto de poder explicar, como la imagen se convierte en una véngala que ilumina el camino de lo no dicho, es decir, las imágenes mentales son amarradas a una secuencia, a un plomo que trata de marcar el exacto punto, en donde su relatos que lleva a cuesta, son el contrapeso justo para quien escuche tenga además ese encuadre cinematográfico, que le permite imaginar – viendo el sonido del dolor, y/o los desgarros del llanto cuando el golpe es certero y destroza lo poco y nada que ha logrado mantener en pie el otro.



CUANDO ESA CULTURA ES OBLIGADA A SER RELATADA DESDE LA DERROTA.

Toda derrota, conlleva un duelo, una perdida que es imposible volver a recuperar, como entender eso cuando el mensaje está elaborado desde la rabia, sin duda, que no es sencillo, si hemos sido testigo por años, que aquellas minorías (actuales) han llevado sobre sus hombres, la carga apesadumbrada del hostigamiento, del desalojo, como una herencia desbordada que se derrama en cada paso de cotidianeidad.

Las culturas a centrales, aquellas que irrumpen en la historia de la humanidad, como iníciales, como un destello de primicia, entendiéndola como un antes, en la argumentación de los posibles enunciados sujetos a ser representados, sin duda que tienden a perpetuar esa derrota. No podemos negar que aquellos se rebelan frente a la encrucijada de estar excluidos de lo que siempre les perteneció, replicando con la misma fuerza con la cual fueron sometidos, la rabia de lo que le han extraviado, en los recovecos de la información, del acceso, de la permanencia valida y viva.

Son ellos que construyen un discurso defensivo, fuertemente empalizado, que les permita sobre vivir, dentro del marco consensuado de pertenecer a algo, que no es semejanza de lo extirpado, pero si un manifiesto extremadamente necesario para existir. Es decir, toda rabia empuñada, mordida fuertemente entre labios, que se desprende con brutalidad frente a lo establecido, a lo melódicamente verbalizado y a lo mediático de lograr seguir en pie, sin duda que es poco entendible por aquellos que generan esas condiciones. La violencia, el arte de la guerra, la destreza de aniquilar, el rencor ensangrentado de los puños, son artificios elocuentes al momento de defender ese espacio vital.


ACLANADOS DESDE LA EMOCION

El involucrase sobrelleva una cuota de racionalidad, pero también, pone en el tapete de la acción un carga emotiva, somos todos un todo, pero arrimados por la fuerza cognitiva de pertenencia, esa fuerza invisible que nos engrilla con las imágenes de lo comprensivo, de lo necesariamente explicito para ser miembros de una emoción subyacente que es compartida. La correlación de actos en una suma de intereses, es el resumen de lo pactado, es construir con el otro una alianza tacita de permanecer unidos en la impaciencia de lograr una semejanza imperceptible, pero concreta.

EL VAGO SENTIDO DE INTERPRETAR LA COTIDIANEIDAD URBANA DEL MAPOCHO



Acercamiento (Que se alce la cortina)


El espacio existente entre el último peldaño superior de la escalera de la estación del metro y la sinfonía de matices en los ruidos, en los olores, asomados en los escaparates rodados de colores de la vega chica, son los que definen el momento justo, en que mi yo (como sujeto), entra en escena, dando un pasito corto para establecer el equilibrio ecuánime, mirando un punto objetivo que me permita traquetear la mirada hacia la paronímica muchedumbre que inter- actúa entre buses, semáforos, edificios, rincones, neones, cunetas, carros de frutas y boletos de Kino.


Cualquiera, todos y/o ninguno es o será mi sujeto objeto, son ellos y yo quienes detonamos en un sentir invisible, que más allá del norte de la alameda, la vida se asoma como un destello de actores urbanos en un espacios teatral subjetivo, que da rienda sueltas a la observación social histriónicamente puesta en la rivera del rio Mapocho.


La Objetivación coterránea de lo subjetivo, y lo Subjetivamente escondido azarosamente de lo objetivo serán las escenografías en la cual desarrollare el acercamiento teórico reflexivo, de lo que cualitativamente podre observar, participando entre las dos y cinco de la tarde, es decir, el tiempo como medida simbólica, acotara, reducirá y sintetizara el silencio de lo que veo, escucho e interiorizo desde la particularidad de mis convicciones ideológicas que he fraguado en estos cuarenta y tres año de vida.


El recorrido (Un guiño urbano en el caminar)


Bajo dos peldaños oscuramente hablando, y como topo me sumerjo en la raíz del vocablo criollo que imaginariamente hemos inmortalizado, en la animita de lo que adjetivábamos como popular, guachaca, piojento con hedor proletario y esnob posmodernista, “La Piojera”, sustrato cultural empinado en un sorbete a la vida en la década del 50, donde su bautizo fue celebrado entre chicha y chancho con la venia burgués de un ex presidente que anquilosaba su perro galgo.


Los sujetos, que sujetan sus diálogos en la barra, mirando el horizonte de botellas a medio llenar o a medio terminar, -- dependiendo del tiempo que cada una guarda bajo su lengua desconfiada de corcho -- y sosteniendo el pequeño universos de sus historias construidas, miro y escucho como se revelan frente a sus propios ojos, la complicidad de ser parte de los párrafos de la bitácora que este lugar a redactado durante años, en su navegar por la historia de este país.


Es un simple pero penetrante ruidos de voces, me cortejan el saber de la interpretación, me empujan a ser observador – observado, distante pero elocuente en mi presagio de leer el contexto en la cual me expongo, la mesas, luces, sillas y la camanchaca del humo establecen el rol, el play de la melodía con la cual la comprensión se manifiesta como sensación de seducción de elaborar un constructo descriptivo de un momento objetivo que divide el razonamiento de esta realidad física suspendida en el rincón de los vaticinios de la calle mapacho.


Es la primera estación, que ya se establece como cotidiano, con el solo guiño de olfatear las texturas de la interacción social de mucho, pocos parroquianos que hacen una tregua en su andar y anclan su cotidianeidad en un momento, estático. Y desde aquí ya comienzo a establecer el carácter espacial de mirar por el ojo del calidoscopio que vela la duda de mi certeza objetal.


La Impronta Social (El gusto por el movimiento)


Me encamino por los túneles de las galerías frutales, por las estrechas callejuelas de los emporios no persibles, en donde las ofertas están acotadas a “n” noventa y nueve pesos, tratando matemáticamente de dejar la exactitud en la retina de los potenciales clientes. Lo objetivo está en el espiar sobre el hombro la comparación numérica del valor, aquí confluye el saber, la suma como ejercicio de ganancia, sea cual sea el precio cobrado, consignando que no existe otro momento más justificado para la sensación de satisfacción de quien se detiene frente a un puesto y sumerge su mano en la gruta de sus bolsillos.


Este terrario urbano, regado por la briza del Mapocho acopia las miradas de todos nosotros en un instante metafórico, subjetivo, relativizando la plausible explicación que nos damos para comprender lo que ha sido comprendido por si mismo y por quienes habitan diariamente ahí. Y nosotros los “huéspedes” que venimos de otros terrarios - menos sofisticados- nos empapamos de esta subcultura en la escucha de un lenguajaer simple, dinámico y humanizante, porque son la suma de todas estas particularidades humanas que dialécticamente se van trenzando, en un espiral de historias, que hacen de un lugar la caracterización del relativismo cultural que subyace en la memoria de todos, los que por algún motivo, han depositado sus pasos al norte del Mapocho.


Y mi última parada, se ancla en las cocinerías, en donde la abundancia es el sinónimo más elocuente, para descifrar el paladar, almuerzo con todos los comensales que logro ver desde mi miopía interpretativa y brindo con los otros el desliz de haber vivido por tres horas la marejada de relatos sucumbidos en las cunetas sudadas por los pasos de incognitos transeúntes que día a dia coloquialmente se visten con el terno dominical y cantan en los buses las rancheras melancólicas del pasado.