ENTRE TIEMPO Y RELATO
La historia de los hombres, ha sido relatada, trasmitida, descrita, depositada en la correa transportadora del tiempo, como una matriz manufacturada por el lenguaje, curtida por la conjugación de simbologías desprendidas desde las laringes de quienes han tendido la misión o han querido liderar dicha aventura de contar lo que otros han hecho. El placer de la derrota, es una escenografía verbal que no puede estar ausente, como así mismo impregnar ese único relato con la sensibilidad más diáfana de sentimientos comulgados al alero de un sonido compuesto por dos silabas, dejándola morfosintácticamente en una palabra abierta (amor).
Esta amalgama fonética de símbolos lingüísticos es en resumen, la suma de actos en donde el poder, la transgresión, la marca (como sello de pertenencia), la sonorización de la fuerza, la avaricia de motines para llenar alforjas de sueños gloriosos y enriquecido, se perpetuán cada vez que se mecaniza el ensamblaje de contar algo que en algún momento sucedió por las fuerzas de su propia esencia de existir. Sin desconocer lo relativo que puede haber, dentro del proceso subjetivista de un relato, sin duda, que es el contexto en el cual se enraíza la parsimonia del vocablo, es decir, la palabra se convierte en una contorsionista, que toma más de una forma en un mismo momento, dando entender ni lo uno ni lo otro de lo que “verdaderamente” trata de explicar.
Ahora bien esta plasticidad se balancea como una guillotina china, entre el bien y el mal, entre lo sagrado y profano, entre lo bondadoso y lo perversos, entre la riqueza y la miseria, entre el abuso y la sumisión, entre el blanco y lo oscuro. Abro estos párrafos anteriores, con el objeto de poder explicar, como la imagen se convierte en una véngala que ilumina el camino de lo no dicho, es decir, las imágenes mentales son amarradas a una secuencia, a un plomo que trata de marcar el exacto punto, en donde su relatos que lleva a cuesta, son el contrapeso justo para quien escuche tenga además ese encuadre cinematográfico, que le permite imaginar – viendo el sonido del dolor, y/o los desgarros del llanto cuando el golpe es certero y destroza lo poco y nada que ha logrado mantener en pie el otro.
CUANDO ESA CULTURA ES OBLIGADA A SER RELATADA DESDE LA DERROTA.
Toda derrota, conlleva un duelo, una perdida que es imposible volver a recuperar, como entender eso cuando el mensaje está elaborado desde la rabia, sin duda, que no es sencillo, si hemos sido testigo por años, que aquellas minorías (actuales) han llevado sobre sus hombres, la carga apesadumbrada del hostigamiento, del desalojo, como una herencia desbordada que se derrama en cada paso de cotidianeidad.
Las culturas a centrales, aquellas que irrumpen en la historia de la humanidad, como iníciales, como un destello de primicia, entendiéndola como un antes, en la argumentación de los posibles enunciados sujetos a ser representados, sin duda que tienden a perpetuar esa derrota. No podemos negar que aquellos se rebelan frente a la encrucijada de estar excluidos de lo que siempre les perteneció, replicando con la misma fuerza con la cual fueron sometidos, la rabia de lo que le han extraviado, en los recovecos de la información, del acceso, de la permanencia valida y viva.
Son ellos que construyen un discurso defensivo, fuertemente empalizado, que les permita sobre vivir, dentro del marco consensuado de pertenecer a algo, que no es semejanza de lo extirpado, pero si un manifiesto extremadamente necesario para existir. Es decir, toda rabia empuñada, mordida fuertemente entre labios, que se desprende con brutalidad frente a lo establecido, a lo melódicamente verbalizado y a lo mediático de lograr seguir en pie, sin duda que es poco entendible por aquellos que generan esas condiciones. La violencia, el arte de la guerra, la destreza de aniquilar, el rencor ensangrentado de los puños, son artificios elocuentes al momento de defender ese espacio vital.
ACLANADOS DESDE LA EMOCION
El involucrase sobrelleva una cuota de racionalidad, pero también, pone en el tapete de la acción un carga emotiva, somos todos un todo, pero arrimados por la fuerza cognitiva de pertenencia, esa fuerza invisible que nos engrilla con las imágenes de lo comprensivo, de lo necesariamente explicito para ser miembros de una emoción subyacente que es compartida. La correlación de actos en una suma de intereses, es el resumen de lo pactado, es construir con el otro una alianza tacita de permanecer unidos en la impaciencia de lograr una semejanza imperceptible, pero concreta.
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