
Acercamiento (Que se alce la cortina)
El espacio existente entre el último peldaño superior de la escalera de la estación del metro y la sinfonía de matices en los ruidos, en los olores, asomados en los escaparates rodados de colores de la vega chica, son los que definen el momento justo, en que mi yo (como sujeto), entra en escena, dando un pasito corto para establecer el equilibrio ecuánime, mirando un punto objetivo que me permita traquetear la mirada hacia la paronímica muchedumbre que inter- actúa entre buses, semáforos, edificios, rincones, neones, cunetas, carros de frutas y boletos de Kino.
Cualquiera, todos y/o ninguno es o será mi sujeto objeto, son ellos y yo quienes detonamos en un sentir invisible, que más allá del norte de la alameda, la vida se asoma como un destello de actores urbanos en un espacios teatral subjetivo, que da rienda sueltas a la observación social histriónicamente puesta en la rivera del rio Mapocho.
La Objetivación coterránea de lo subjetivo, y lo Subjetivamente escondido azarosamente de lo objetivo serán las escenografías en la cual desarrollare el acercamiento teórico reflexivo, de lo que cualitativamente podre observar, participando entre las dos y cinco de la tarde, es decir, el tiempo como medida simbólica, acotara, reducirá y sintetizara el silencio de lo que veo, escucho e interiorizo desde la particularidad de mis convicciones ideológicas que he fraguado en estos cuarenta y tres año de vida.
El recorrido (Un guiño urbano en el caminar)
Bajo dos peldaños oscuramente hablando, y como topo me sumerjo en la raíz del vocablo criollo que imaginariamente hemos inmortalizado, en la animita de lo que adjetivábamos como popular, guachaca, piojento con hedor proletario y esnob posmodernista, “La Piojera”, sustrato cultural empinado en un sorbete a la vida en la década del 50, donde su bautizo fue celebrado entre chicha y chancho con la venia burgués de un ex presidente que anquilosaba su perro galgo.
Los sujetos, que sujetan sus diálogos en la barra, mirando el horizonte de botellas a medio llenar o a medio terminar, -- dependiendo del tiempo que cada una guarda bajo su lengua desconfiada de corcho -- y sosteniendo el pequeño universos de sus historias construidas, miro y escucho como se revelan frente a sus propios ojos, la complicidad de ser parte de los párrafos de la bitácora que este lugar a redactado durante años, en su navegar por la historia de este país.
Es un simple pero penetrante ruidos de voces, me cortejan el saber de la interpretación, me empujan a ser observador – observado, distante pero elocuente en mi presagio de leer el contexto en la cual me expongo, la mesas, luces, sillas y la camanchaca del humo establecen el rol, el play de la melodía con la cual la comprensión se manifiesta como sensación de seducción de elaborar un constructo descriptivo de un momento objetivo que divide el razonamiento de esta realidad física suspendida en el rincón de los vaticinios de la calle mapacho.
Es la primera estación, que ya se establece como cotidiano, con el solo guiño de olfatear las texturas de la interacción social de mucho, pocos parroquianos que hacen una tregua en su andar y anclan su cotidianeidad en un momento, estático. Y desde aquí ya comienzo a establecer el carácter espacial de mirar por el ojo del calidoscopio que vela la duda de mi certeza objetal.
La Impronta Social (El gusto por el movimiento)
La Impronta Social (El gusto por el movimiento)
Me encamino por los túneles de las galerías frutales, por las estrechas callejuelas de los emporios no persibles, en donde las ofertas están acotadas a “n” noventa y nueve pesos, tratando matemáticamente de dejar la exactitud en la retina de los potenciales clientes. Lo objetivo está en el espiar sobre el hombro la comparación numérica del valor, aquí confluye el saber, la suma como ejercicio de ganancia, sea cual sea el precio cobrado, consignando que no existe otro momento más justificado para la sensación de satisfacción de quien se detiene frente a un puesto y sumerge su mano en la gruta de sus bolsillos.
Este terrario urbano, regado por la briza del Mapocho acopia las miradas de todos nosotros en un instante metafórico, subjetivo, relativizando la plausible explicación que nos damos para comprender lo que ha sido comprendido por si mismo y por quienes habitan diariamente ahí. Y nosotros los “huéspedes” que venimos de otros terrarios - menos sofisticados- nos empapamos de esta subcultura en la escucha de un lenguajaer simple, dinámico y humanizante, porque son la suma de todas estas particularidades humanas que dialécticamente se van trenzando, en un espiral de historias, que hacen de un lugar la caracterización del relativismo cultural que subyace en la memoria de todos, los que por algún motivo, han depositado sus pasos al norte del Mapocho.
Y mi última parada, se ancla en las cocinerías, en donde la abundancia es el sinónimo más elocuente, para descifrar el paladar, almuerzo con todos los comensales que logro ver desde mi miopía interpretativa y brindo con los otros el desliz de haber vivido por tres horas la marejada de relatos sucumbidos en las cunetas sudadas por los pasos de incognitos transeúntes que día a dia coloquialmente se visten con el terno dominical y cantan en los buses las rancheras melancólicas del pasado.
No hay comentarios:
Publicar un comentario